En el corazón de Wisconsin, una simple parada en un driving range ha renovado el significado de la comunidad y el amor por el golf. Este relato nos lleva a una experiencia nostálgica que conecta el pasado y el presente de un jugador, recordando sus entrañables momentos junto a su abuelo en el Lake Breeze Golf Club.
La reflexión del autor llega en un momento especial del año, donde a menudo miramos hacia atrás en nuestras experiencias y aprendizajes. A través de la aplicación GHIN, que analiza las puntuaciones y las rutas jugadas, se despiertan recuerdos más profundos que se centran en un día en particular: el 26 de mayo, un día de Memorial Day. Mientras se dirigía al Women’s U.S. Open en Erin Hills, decidió hacer un desvío hacia Winneconne, donde su abuelo había sido un querido integrante del Lake Breeze Golf Club. Este pequeño pueblo, con menos de 2,500 habitantes, evocó una historia rica en tradiciones golfísticas y vínculos familiares.
El abuelo del autor era un apasionado del golf. Su ética de trabajo era admirable, y siempre buscaba que los demás compartieran su pasión por el deporte. Para él, un campo de golf era más que un lugar de juego; representaba un espacio para medir el carácter, experimentar la paciencia y la honestidad, y abrazar la autocompasión. Los momentos pasados en Lake Breeze fueron verdaderos campamentos de golf, donde se formó el amor por este deporte.
Al llegar al club tras 20 años, el autor se encontró con una grata sorpresa: el lugar, aunque lleno de vida y popularidad, había mantenido su esencia intacta. A pesar de que ahora era un destino concurrido, la nostalgia por los momentos compartidos se hizo presente cuando se reencontró con viejas caras, como David Petrack, el director del club y amigo del abuelo. Relacionarse con él trajo recuerdos de rigor y alegría, en un sitio que había visto los pasos de su abuelo por años.
En lugar de frustrarse por no conseguir una hora de tee, decidió disfrutar de un pequeño balde de bolas en el driving range —un lugar desprolijo, sin pretensiones y lleno de risas— donde los jugadores se perros por diversión, como debería ser. Esa tarde, cada golpe despertaba recuerdos y la amistad compartida con su abuelo, quien seguramente se hubiera reído de sus nuevas hazañas con el driver.
La historia nos recuerda que cada campo, cada driving range, tiene una historia que contar. En el Club de Golf La Garza, también compartimos ese sentido de comunidad y cercanía, donde los jugadores se unen no solo para competir, sino para crear lazos que perduran. Cada swing en nuestro campo es una oportunidad para recordar y celebrar las historias que nos unen.
Al final, el golf no trata solo de los resultados; se trata de la comunidad que formamos y los recuerdos que creamos. Celebremos el espíritu del golf, ese que une generaciones y permite revivir momentos que se llevan en el corazón.
Club de Golf La Garza
Fuente original del artículo e imagen: Golf.com
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